Archivo de la categoría: Religión

El día de la blasfemia

El 30 de septiembre de 2005 el diario danés Jyllands-Posten reprodujo doce caricaturas del profeta Mahoma en sus páginas. Este hecho, algo considerado como blasfemo por la mayor parte de la comunidad musulmana del mundo, produjo revueltas y disturbios en varios países árabes, además de amenazas de muerte a los responsables del periódico y a ciudadanos occidentales en general. Un simple dibujo, una simple tira cómica en un periódico occidental fue la causa de que en pleno siglo XXI tuviéramos que volver a hacer una reflexión sobre la libertad de prensa, la libertad de expresión y el respeto a las religiones. No es un tema baladí, la población musulmana en el mundo no para de crecer, y no solo en los países que tradicionalmente han seguido esta religión, sino también en territorios tradicionalmente cristianos como los Europa o EEUU. Sin embargo, pese a la inexorable globalización que vivimos desde hace décadas y a la tolerancia manifiesta que tiene la cultura occidental hacia las costumbres y tradiciones de sus otros ciudadanos dentro de sus fronteras, ciertas comunidades (casi siempre religiosas) son manifiestamente beligerantes contra cualquier opinión, afirmación, chiste o imagen que vaya en contra de sus creencias y ritos. A menudo la gente confunde el respeto a la persona con el respeto a la idea, al concepto, a la opinión. Las personas siempre merecen respeto, las ideas no. Insultar directamente a una persona, agredirla, humillarla… son actitudes censurables desde el punto de vista moral. Sin embargo cuando alguien critica un tipo determinado de enseñanzas, dibuja a un dios, grupo de dioses o profetas, y califica de ‘estúpido’, ‘absurdo’ o de ‘gilipollez’ una determinada tradición o rito; entonces no hay lugar para la ofensa personal, ya que una idea no se ofende al ser atacada, y nadie tiene por qué recibir ese ataque como si fuera contra sí mismo. El que se ofende en este caso es porque quiere, y el problema lo tiene él, no el ‘blasfemo’. El día de la blasfemia viene a recordarnos que la libertad de expresión no debería ser limitada de ninguna manera por grupos religiosos o de otra índole que, apoyándose en su derecho a la libertad de culto, pretenden restringir el derecho del resto a opinar sobre lo que quiera y de la manera que quiera. Si aceptamos que hacer un dibujo del profeta Mahoma es una ofensa, estamos aceptando que cualquier persona tenga la capacidad de censurar al resto, alegando que tal o cual expresión o chiste es ofensivo. Eso es algo que la sociedad occidental no debería permitir, ni en el ámbito religioso ni en ningún otro. Porque el día que empecemos a ceder derechos para salvaguardar las creencias religiosas de los demás, estaremos perdiendo una libertad que será muy difícil volver a recuperar. El día de la blasfemia, el 30 de septiembre, es el día de la libertad de expresión, el mejor día para negar la virginidad de la Virgen María, afirmar que Mahoma solo fue un viejo pederasta y decir que la Torá no es una revelación divina, sino un texto escrito por hombres y para hombres.

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Las iglesias de la Iglesia

Resulta que pese a estar en medio de una de las peores crisis económicas en décadas y pese a que el erario público está bajo mínimos y los impuestos no paran de subir, la Iglesia no paga el IBI de sus propiedades. Pero no solo no paga, sino que pretende, como lleva haciendo desde siempre, apropiarse de edificios y monumentos que deberían pertenecer al patrimonio nacional, es decir, a todos. Es el caso de la mezquita de Córdoba, o catedral, como la denominan ahora. De hecho es ambas, aunque solo se usa para los ritos católicos ya que los musulmanes están vetados. La Iglesia lleva años gestionándola y por supuesto, cuidando de ella. Pero es ahora cuando la santísima Iglesia ha decidido que es hora de que este monumento nacional pase a sus manos, como otros tantos a lo largo de la historia. La ley establece que pasado un número determinado de años, si alguien se ha ocupado de que un inmueble no sufriera daño y además ha invertido dinero en mejorarla y arreglarla, puede pasar a ser de su propiedad tan solo inscribiéndolo en el registro. Es lo que va a hacer la Iglesia. Pero pese a que legalmente es un movimiento legítimo (es cierto que el mantenimiento lo ha realizado la Iglesia, aunque también su gestión y los 8 euros que cuesta la entrada) éticamente es reprobable. Cuando un edificio o construcción forma parte del patrimonio nacional (o mundial, como la mezquita) su titularidad debe recaer siempre en el Estado. No importa si el edificio se construyó con intenciones religiosas, civiles, militares o artísticas. Que una entidad religiosa pueda apropiarse de un monumento como este es algo que no debería suceder. Hemos de entender que la religión y por ende todas las entidades que la representan, deben ceñirse al ámbito de lo privado, no solo en su profesión, sino en su financiación y regulación. España todavía, aunque no lo parezca ya, sigue siendo un Estado aconfesional. La Iglesia ha tenido y sigue teniendo privilegios no solo con respecto a otras entidades de carácter civil (la Cruz Roja por ejemplo, sí paga el IBI de sus inmuebles) sino también con las demás confesiones religiosas. Es un asunto de igualdad y no discriminación, pero también es un asunto de protección del patrimonio que la gente no debería tolerar. La mezquita de Córdoba debería estar en manos del Estado, y este debiera ser quien la gestione. No me opongo a que un edificio como este, siempre que no se impida a los no creyentes visitarlo sin restricciones, sirva para celebrar actos religiosos. Sin embargo actualmente solo los cristianos pueden usar la mezquita-catedral para sus ritos, estando vetado a los musulmanes. La solución es bien simple: se debe permitir que cualquiera ejerza su libertad religiosa dentro de sus muros o si no, se debe gestionar el edificio como si de un museo se tratara y prohibir todo tipo de manifestaciones religiosas que impidan el normal funcionamiento de las visitas. Es un todo o nada, como debería ser siempre que hablamos de religión. No podemos permitir que una confesión concreta siga teniendo privilegios dignos de la Edad Media, mientras el resto de religiones y las personas no creyentes ceden constantemente. Es una cuestión de libertad, justicia, tolerancia e igualdad; valores que la Iglesia católica, al menos a día de hoy, no representa.

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¿Cuál es el baremo para aceptar estupideces en nombre de la religión?

Velos en las escuelas, crucifijos en las aulas… No importa de qué religión ni de qué costumbre estemos hablando, todo se reduce a una idea muy sencilla: la religión y las creencias personales deben ser siempre un asunto privado y los Estados deben permanecer al margen de todo ello.

Esto no significa que haya que ser neutral ante los asuntos religiosos, sino actuar de manera que las costumbres religiosas, esotéricas o sobrenaturales no afecten la vida de los que han elegido el camino de la razón. No se trata de prohibir a las personas creer en lo que quieran, sino de evitar que esas creencias influyan en los demás a través de los organismos públicos. El que quiera escuchar un sermón, es libre de hacerlo, pero ningún Estado debería tomar partido en eso, y menos financiar o adaptar sus leyes en función de las creencias de algunos.

La separación de la Iglesia y el Estado (iglesia, mezquita o sinagoga) es esencial para construir una sociedad que viva en paz consigo misma y que respete los derechos de todos los ciudadanos. Si esto se cumpliera en los países desarrollados se evitarían casos tan bochornosos y esperpénticos como el acaecido en la Universidad de York, en la cual se permitió a un estudiante no juntarse con sus compañeras para hacer un trabajo de clase debido a sus creencias religiosas. El chico no puede estar con las chicas, vaya faena. En un país con una legislación justa y unas normas civilizadas, este chico suspendería automáticamente al no hacer el trabajo que se le ha requerido y en las condiciones en que se le ha exigido. ¿Cuál es la excusa? ¿La religión? La universidad, efectivamente, le dio permiso para no hacerlo, violando así una norma que debería ser universal en la universidad: todos los estudiantes deben ser tratados igual y deben tener las mismas oportunidades. Al excusar a este estudiante de sus responsabilidades a causa de sus creencias, esta universidad abrió la veda a que cualquier persona que tenga problemas para avanzar a sus asignaturas, o simplemente no esté de acuerdo con alguna norma de su facultad, pueda saltársela a la torera o adaptarla como quiera en base a sus “profundas creencias religiosas”. ¿Deberíamos aceptar por ejemplo, como bien dicen algunos, que un estudiante tuviera derecho a realizar sacrificios humanos como hacían sus antepasados aztecas en nombre de sus costumbres y de su religión?

Este ejemplo del mundo real nos advierte del peligro de poner al mismo nivel las creencias religiosas y las normas básicas de convivencia de la sociedad. Es cierto que estas normas pueden (y deben) cambiar con el tiempo, pero siempre deben ajustarse a criterios razonables como el respeto, la defensa de los derechos humanos y la convivencia diaria. Transigir ante las personas que actúan al dictado de sus dioses y libros sagrados solo consigue empeorar una sociedad ya de por si bastante podrida. Es absurdo aceptar que un alumno pueda realizar sacrificios humanos en la universidad, al igual que es absurdo permitirle no hacer un trabajo porque tiene que interactuar con otras mujeres o permitir a una chica llevar un pañuelo en la cabeza si hay una norma que especifica que las cabezas no pueden estar cubiertas bajo techo.

Pese a que mis palabras pueden sonar intolerantes y discriminatorias contra las religiones y las personas religiosas, expresan justo lo contrario. Estoy abogando por un sistema que no permita que una persona pueda imponer sus costumbres a los demás a causa de la religión. Un sistema en el que todos seamos iguales ante la ley, y que nadie pueda saltársela porque le parezca mejor lo que dice un libro escrito hace 2000 años. Un sistema que impida que haya gente que se crea mejor que los demás y aproveche el miedo de los Gobiernos a legislar sobre estos asuntos para tener ventajas sobre el resto de la población. Estoy hablando de no discriminar a los que han decidido vivir sin religión y de acuerdo a leyes humanas en favor de los que creen que deben tener derechos y permisos especiales si adoran a este u otro dios.

Como no hay un baremo objetivo para definir qué costumbres o ideas son razonables dentro de la irracionalidad de la religión, mi propuesta es sencilla: o se aceptan todas las estupideces o se rechazan todas. En un país desarrollado creo que la opción más inteligente es la segunda. Rechazar la religión por norma, sin prohibir nada dentro del ámbito privado ni excluyendo ninguna costumbre que no interfiera con las leyes mortales. Una solución sencilla y rápida para que la humanidad vuelva a la senda del progreso y suelte este lastre que lleva arrastrando toda su historia.

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