Archivo de la categoría: Política

Los límites de la democracia en la sociedad moderna

Hay gente que piensa que en los países desarrollados gozamos de una democracia estable y consolidada. Otros creen que en esos mismos países la democracia no es real, sino un espejismo de libertad, en la que los ciudadanos creen elegir a sus gobernantes pero estos ya están previamente seleccionados por entidades superiores a los parlamentos y gobiernos, las grandes corporaciones y los grupos de presión o ‘lobbies’.

Creo que existe democracia real pero la gente no sabe cómo utilizarla a su favor. La tendencia general es que un par de partidos grandes se alternen en el poder mientras los pequeños tratan de ganarse el favor de los votantes sin mucho éxito hasta el día de hoy. Es muy complicado cambiar esta rutina ya que los votos de los partidos tradicionales suelen estar muy consolidados. Hay un gran número de personas que no cambiará sus preferencias políticas pase lo que pase, y eso es un hecho. Entonces hay que irse al otro lado, al lado de las personas que sí pueden cambiar de partido si este les decepciona o miente. Me atrevería a decir que este grupo lo forma la mayoría de los ciudadanos. Sin embargo estos ciudadanos suelen ser menos activos a la hora de participar en unas elecciones, con lo que la victoria del bipartidismo es por lo general, segura. Una de las razones por las que muchas personas no quieren participar en un proceso de votación es porque creen que el sistema está corrompido y que los resultados de cada elección no representan fielmente la voluntad de sus ciudadanos. Pese a que el número de opiniones diferentes es tan alto como el número de personas que pueden votar, sí he observado últimamente que se reclama más participación ciudadana, incluso en la toma de decisiones importantes para el curso de un país como la modificación de ciertos impuestos, el pago de la deuda o los presupuestos generales del Estado. A muchas personas les gustaría, a través de sucesivos referéndums, tomar partido en la toma de decisiones que en principio, corresponde al Gobierno y al parlamento. He de admitir que la idea de que se pregunte a la gente en ciertos asuntos es tentadora. Es más, creo que es necesaria para cosas como por ejemplo decidir qué modelo de estado quieren, o si hay que modificar la Constitución. Este hecho, que sin duda mejoraría nuestra maltrecha democracia, sería aceptable hasta cierto punto, porque no olvidemos que la democracia significa elegir las cosas por mayoría, y en muchas ocasiones, la mayoría se equivoca.

Un sistema electoral debe servir para que la gente elija qué es lo que quiere (mejor sanidad y educación o mejores infraestructuras por ejemplo) a través de sus representantes. Hay que procurar siempre que las cosas salgan de la manera en que la mayoría esté de acuerdo, pero esto solo es válido para ideas abstractas o generales.  Por ejemplo, una mayoría de personas elije a un partido político, que consigue mayoría absoluta en el parlamento, para que haga tan solo una cosa: mejorar la calidad de los servicios públicos. Se han celebrado elecciones y se ha decidido que la prioridad del Estado debe ser esa. Hasta aquí no hay problema, la democracia ha funcionado. Sin embargo en este momento es decisión del Gobierno qué medidas aplicar para conseguir ese objetivo. Sus votantes pueden estar de acuerdo en algunas, pero a lo mejor no lo están en otras. El objetivo final sigue siendo el mismo pero hay pasos que dar y decisiones que tomar y aquí es donde la democracia deja de ser útil. No se puedes elegir el tornillo que has de poner en la viga de un puente de manera democrática. Para cada tipo de viga hay un tornillo más adecuado que otros. El objetivo final es que el puente no se caiga, y es lo que queremos todos. Entonces votemos para elegir al que consideremos más capacitado para construirlo según lo que esperamos del puente (que sea bonito, cómodo, duradero o grande) y dejemos que él, que ya ha pasado por la supervisión popular, tome las decisiones que considere más convenientes para conseguir lo que la gente reclamaba: tener un puente.

Las decisiones políticas (más impuestos o menos hospitales) se pueden consultar, pero las decisiones técnicas hay que dejarlas en manos de los técnicos (valga la redundancia). Y no, los técnicos no son los políticos, sino los inspectores de Hacienda, lo abogados del Estado, los economistas, los ingenieros, los analistas… personas que saben lo que el pueblo ha pedido a través de sus gobernantes (reducir el paro) y que deben resolver de la manera más efectiva y eficiente posible.

La democracia tiene límites, límites que no está marcados por decisiones políticas sino por el sentido común. Hace falta más democracia en todos los países del mundo, pero también hace falta delegar más en los especialistas, en los técnicos; que sean ellos los que, a través de la supervisión constante de los representantes políticos, lleven a cabo de la manera más eficaz y eficiente posible los deseos de la mayoría.

 

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Políticos: los dioses del siglo XXI

En las sociedades democráticas es cada vez más habitual observar a grupos de personas, en ocasiones miles o millones, alabando, vitoreando y justificando todas y cada una de las decisiones de su amado líder político. Esta actitud, más propia de los fieles de una iglesia o de los forofos de un equipo de fútbol, se ha convertido en un comportamiento normal y aceptado, como si la fe fanática a una idea o persona fuera la salvación del mundo.

Un político efectivamente puede cambiar las cosas a mejor, pero sigue siendo una persona, con sus virtudes y defectos. Los errores que pueda cometer durante su mandato no son más justificables por el hecho de servir a una ideología concreta o buscar un bien mayor. La falta de crítica de los ciudadanos ante sus líderes políticos se debe a la manipulación mediática que los partidos ejercen sobre la población, utilizando a menudo medios de comunicación sin que estos reparen siquiera en el daño que están haciendo a la sociedad con sus posiciones parciales y subjetivas. Sin embargo sigue siendo responsabilidad del individuo el saber discernir entre información y opinión, y por tanto poder diferenciar entre una decisión correcta (desde su punto de vista) a una incorrecta.

La mayoría de partidos han establecido una serie de jerarquías y dogmas que los hacen más parecidos a una religión monoteísta que a una asociación vecinal. Se designa un líder que representará al partido (Dios) al cual hay que defender y alabar sin importar si se ha equivocado o no, con el fin de conseguir los objetivos marcados. Sus afiliados (feligreses) no dudan en dar su voto a ese partido una y otra vez con independencia de su eficiencia y competencia, ya que creen que así sus deseos personales y su modo de vida mejorará, aunque en muchas ocasiones sea al revés. El partido parte de una ideología establecida (dogmas de fe) que suele ser extremadamente rígida y poco susceptible a modificaciones. De esta manera es poco probable que un partido de derechas apoye a los sindicatos de trabajadores o que un partido de izquierdas defienda abiertamente la privatización de servicios públicos, aunque en la práctica, tanto unos como otros se diferencian muy poco(al menos en las democracias occidentales desarrolladas) a la hora de tomar decisiones importantes.

Así pues, al cabo de un tiempo, esos líderes políticos llegan a un punto de endiosamiento tal, que sus devotos más radicales los seguirían hasta el fin del mundo antes que admitir que se han equivocado. Este fanatismo tiene buenos ejemplos en países como EEUU, donde la polarización de los votantes raya el fanatismo, en Venezuela, con Hugo Chávez, o en Argentina, con Cristina Fernández. Este fenómeno (líder casi místico y rebaño fiel) también se da en casi todos los países de Europa, y en algunos está en auge con el ascenso de partidos de extrema derecha, donde la imposición de ideas y la masa pensante única son paradigmáticas.

Los políticos deberían ser meras herramientas para cumplir la voluntad del pueblo. Sus líderes no deberían tener más protagonismo que el que tiene un mero portavoz de una asociación. No debiera ser él quien decide los designios de un país, sino los representantes del pueblo, previamente elegidos en votación popular. Mitificar a un individuo por el mero hecho de cumplir la voluntad de la sociedad es un comportamiento dañino que merma nuestra capacidad crítica y de toma de decisiones. Una persona nunca será más importante que el conjunto de la sociedad, y somos nosotros, los ciudadanos, los que debemos dejar a un lado los forofismos y decidir con la cabeza fría lo que, en nuestra opinión, será mejor para todos.

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Obama, segunda oportunidad

Los analistas anticipaban las elecciones más reñidas de las últimas décadas en EEUU. Aunque Obama finalmente ganó con soltura por su victoria en los estados clave, no se equivocaron del todo. La crisis económica global ha sido uno de los temas centrales de la campaña de los dos candidatos, Mitt Romney y Barack Obama, aunque obviamente han centrado su atención en EEUU.

Después de un desastroso mandato de George W. Bush, vino la primera legislatura de Obama. Los bancos habían creado la mayor crisis financiera de la historia y Barack tendría que lidiar con ella. Estos cuatro años han sido un desafío para la política del presidente. Cargado de promesas electorales como el cierre de la prisión de Guantánamo o la reforma sanitaria, Obama prometía un cambio en los EEUU, un cambio que pese a sus esfuerzos, no logró llevar a cabo.

Si bien es cierto que las propuestas de los demócratas han sido rechazadas una y otra vez por los republicanos, las políticas que han aplicado en cuatro años no han supuesto la revolución prometida. Obama ha tenido que lidiar con problemas graves como la alta tasa de paro, algo a lo que no está acostumbrado EEUU. Pese a la situación económica, Obama consiguió reducir el número de personas sin empleo en el último año de su legislatura, consiguiendo de esta manera, el apoyo necesario para ser investido una vez más como presidente.

Delante tuvo a Mitt Romney, del partido republicano. Empresario, capitalista y mormón. Prometía arreglar la situación financiera del país sin ahogar a los ciudadanos con más impuestos, pero fracasó en su intento de llegar hasta la Casa Blanca.

Obama tiene ahora una segunda oportunidad. Muchos en EEUU no creen que sea capaz de conseguir todo aquello que prometió ya que el sentimiento imperante incluso entre sus votantes después de su primer mandato es de decepción. Ahora tendrá la oportunidad de confirmar si su gobierno era realmente el del cambio o por el contrario, será un presidente más en la historia de los Estados Unidos de América.

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