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¿Por qué iba a importarme que me espíen? No tengo nada que esconder

Hace un lustro eran imaginaciones de cuatro ‘geeks’ obsesionados por la privacidad. Hoy sabemos que en esta trama están involucrados los Gobiernos, la agencias de inteligencia y multitud de empresas privadas. Sin embargo el ciudadano medio sigue sin alarmarse por el espionaje masivo que se está haciendo, porque al fin y al cabo “no tengo nada que esconder”.

Millones de personas usan a diario herramientas que no solo monitorizan y registran su actividad, sino que toda la información que recopilan, se mueve con inusitada rapidez e impunidad entre Gobiernos y empresas. Tuvo que llegar Edward Snowden (uno de los héroes de la Red del siglo XXI) para decirnos que sí, que nos están espiando y que poco podemos hacer por evitarlo. Después, la NSA (la Agencia de Seguridad Nacional de EEUU) admitió que se ha estado controlando llamadas telefónicas de algunos jefes de Estado europeos. ‘The Big One’, como lo definió Michael Moore en su célebre película del mismo nombre, ha decidido que ya que puede espiar al mundo entero, lo va a hacer, y de hecho lo hace. Esto ya no es una cuestión de si se usa Facebook o Google, es una cuestión de libertad. Entonces… ¿por qué debería importarnos nuestra privacidad?

Privacidad significa libertad. Una persona no puede ser libre sin conservar su intimidad en su vida diaria. A media que Internet y las redes sociales se han convertido en herramientas ‘imprescindibles’ en el día a día, los usuarios hemos ido poco a poco renunciando a nuestros ‘secretos’ con el fin de integrarnos en el sistema, en no quedarnos descolgados de esa gran red global donde parece que hay que estar para ser persona. Sin embargo, la gratuidad y facilidad de acceso de la mayoría de estos servicios tiene, paradójicamente, un precio muy alto. Ya no importa quién sea el propietario de nuestra información personal, dónde se almacene o cómo se gestione, el objetivo es pertenecer al sistema, poder comunicarse con los demás, y quedarse fuera puede hacerse realmente duro.

En multitud de ocasiones he escuchado la famosa frase de: “no tengo nada que esconder, no me importa que me espíen”. Se ha llegado a un punto en el que cuando una persona dice no usar Facebook o Gmail para proteger su privacidad, se piensa automáticamente en que o bien esa persona está obsesionada por mantener su intimidad a salvo, o que probablemente esconde algo que no quiere que se sepa. No tiene por qué ser ni lo uno ni lo otro. No hay que hacer nada ilegal, ni tener ningún secreto de Estado para exigir a las empresas y Gobiernos que respeten lo que es tuyo, que no te obliguen a contarles y mantenerles informados sobre con quién sales, con quién hablas, lo que te gusta, a dónde vas a ir y qué piensas acerca de un asunto concreto. Pocas personas están dispuestas a mostrar fotos en Internet enseñando su cuerpo desnudo. Creen que es demasiado, es algo que la gente no tiene por qué ver y atenta contra su intimidad. Eso demuestra que en el fondo, a todos nos preocupa nuestra privacidad, aunque sea un poco. Unos ponen el listón muy alto, otros más bajo, pero todos tenemos listón, todos queremos que ciertas cosas queden en el anonimato. El problema está en dónde colocar ese límite, y si una persona ha de tener el derecho de ponerlo donde quiera, o será la empresa quien lo decida, que es lo que está pasando actualmente en la mayoría de los casos.

Al habernos acostumbrado a esta cesión permanente de nuestra privacidad a empresas que ganan dinero a nuestra costa, eventos como la detención de Snowden o el espionaje masivo de la NSA a ciudadanos estadounidenses (y europeos) nos resultan irrelevantes. Mucha gente empieza a ver normal y hasta aceptable que empresas como Facebook, Google, WhatsApp etc. trafiquen con nuestros datos personales sin que haya consecuencias, y no meramente legales, sino consecuencias sociales; protestas y abandono de estos servicios por parte de las personas. Nos hemos instalado en una posición en la que la comodidad viene antes que la privacidad.

La mayoría de la gente no se da cuenta de la gravedad de los hechos que llevan aconteciendo durante meses. Estamos dejando que la sinergia Gobierno-Multinacional se apropie legalmente de nuestra vida privada, hasta el punto de que no tienen siquiera que preguntarnos lo que hacemos, porque somos nosotros quienes se lo decimos de manera voluntaria.

Internet es un arma de doble filo, quizá la mayor arma de doble filo de la historia. Es por un lado, la mayor herramienta que ha tenido jamás el ciudadano para expresarse, informarse y participar. La Red lleva libertad a todos los rincones del mundo. Pero por el otro lado hay unas pocas personas que intentan apropiárselo, que intentan controlarlo. Los Gobiernos y sus leyes ‘antipiratería’, la NSA y sus escuchas masivas, Facebook, Google, Apple, WhatsApp y sus ‘cláusulas de privacidad’. La tecnología es lo que mueve la sociedad actual, pero si dejamos que unos pocos se la apropien sin ni siquiera patalear, entonces aquella utópica sociedad del bienestar y libertad que anhelábamos nunca será realidad. No es una cuestión de si tienes algo que esconder o no, sino de que poco a poco nos están quitando nuestra libertad, y el día que la perdamos, quizá sea demasiado tarde para recuperarla. El principal enemigo no son las empresas ni nuestros Gobiernos, sino nosotros, que por nuestra inacción, dejamos que el 1% controle al 99%.

Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas,
guardé silencio,
porque yo no era comunista,

Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
guardé silencio,
porque yo no era socialdemócrata,

Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,
no protesté,
porque yo no era sindicalista,

Cuando vinieron a llevarse a los judíos,
no protesté,
porque yo no era judío,

Cuando vinieron a buscarme,
no había nadie más que pudiera protestar.

Martin Niemöller

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Wikipedia: patrimonio de la humanidad

Durante años fueron muchas las familias que ahorraron dinero para poder comprar una enciclopedia. Tomos enormes, encuadernados en cuero, con cientos de páginas satinadas y grandes mapas y fotografías. Algo esencial para cualquier estudiante.

Más tarde y siguiendo la evolución lógica de la tecnología, llegaron las enciclopedias en CD. Lo que antes ocupaba una estantería entera, ahora podía llevarse cómodamente en un disco de plástico. Pero lo que no se redujo sustancialmente era el precio. Comprar una enciclopedia virtual seguía siendo caro y poco accesible. Y cuando el conocimiento es un bien de lujo, las alternativas no tardan en surgir.

Y llegó Internet. Un lugar donde compartir información sin límite, donde se democratizan los conocimientos y ofrece por primera vez, una solución inteligente a las grandes necesidades de información que tenía el mundo, nace la Wikipedia.

Wiki es el término utilizado para definir una página web en la que sus contenidos pueden ser editados por varias personas, de manera colaborativa. Wikipedia nació con esa intención, una enciclopedia hecha por los usuarios y para los usuarios.

El éxito le llegó pronto. Millones de personas las consultan a diario y es la enciclopedia de referencia para casi todos los internautas del mundo. Su triunfo se cimenta en su carácter abierto y en la calidad de sus artículos.

Wikipedia está hecha por todos. Cualquiera puede acceder a ella y añadir un dato, corregir un error, aportar más información o comenzar una nueva entrada sobre un tema del que nadie ha escrito todavía. Pese a que muchos piensan que no se puede obtener un producto de calidad si cualquiera puede cambiar la información, lo cierto es que ese aspecto es el que ha conseguido que la Wikipedia tenga tanta calidad.

Una empresa privada que escriba una enciclopedia, deberá contratar a personal que investigue y redacte los artículos. Por muchos que pueda conseguir, nunca llegará a los millones que día tras día bucean en los contenidos de la Wikipedia. Un error suele ser corregido en cuestión de minutos, sino segundos. Un nuevo dato se actualiza al instante. Y miles de ojos escudriñan los párrafos diariamente  en busca de erratas e inexactitudes. Esto es lo que hace grande la Wikipedia.

Un estudio reciente afirma haber comparado varios artículos científicos de Wikipedia con otras enciclopedias como la Británica. El resultado del estudio podría resultar sorprendente para los profanos, pero no es nada nuevo. La Wikipedia es tan o más fiable que la Enciclopedia Británica.

Una obra privada (como han sido siempre las enciclopedias Espasa, Británica o Larousse) es más proclive al sesgo y a la inexactitud. Primero por el número de personas que trabajan en ellas y segundo porque una editorial puede tener un punto de vista poco fiel a la realidad, y sin embargo ese error o manipulación saldría a la luz como verdad.

Como ejemplo reciente citaré una línea en la que el Diccionario Biográfico Español, editado por la Real Academia de Historia (entidad que no debería ser sospechosa ser poco rigurosa), habla sobre Franco, el cuál según dicha obra, “montó un régimen autoritario, pero no totalitario”. Una afirmación más que osada y claramente errónea, cuando en el Discurso de la Victoria, leído por el mismísimo Franco, este afirma que “un estado totalitario armonizará en España el funcionamiento de todas las capacidades y energías del país”.

Al final, lo que en un principio parece una debilidad (el hecho de que cualquiera pueda modificar un artículo), se convierte en su mayor fortaleza. La Wikipedia es grande porque es abierta. Y tristemente, sigue siendo un recurso poco explotado en colegios y universidades, que obligan a sus alumnos a gastarse cientos en euros en manuales que no aportan más que la opinión de su autor. A ningún profesor debería temblarle la voz al recomendar a sus alumnos que consulten la Wikipedia.

La colaboración es un pilar esencial en la sociedad en general y en el mundo del conocimiento en particular. El mismo sistema que usa la Wikipedia podría trasladarse a miles de publicaciones científicas o técnicas, donde lo comercial que sea una obra no debería importar. La Wikipedia es ahora mismo la fuente más rigurosa, fiable y libre de conocimiento que tiene la humanidad. Un tesoro que debemos conservar y cuidar, y que será legado a generaciones venideras como uno de los logros más notables de principios del siglo XX.

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¿Por qué es importante la privacidad en Internet?

Internet y todo lo que conlleva puede ser el mayor avance científico de la humanidad en las últimas décadas. La conexión permanente del ciudadano con el mundo, crea nuevas maneras de expresarse y comunicarse, pero también de relacionarse y organizarse. Pero todas las cosas tienen un lado negativo, y aunque el lado negativo de Internet no sea una característica intrínseca, sí que es algo real de lo que debiéramos tener cuidado.

La Red está controlada. De una manera o de otra. Las empresas proveedoras de servicios monitorizan nuestra actividad, y del resto (censurar contenidos, cerrar páginas web, etc.) ya se encargan los “lobbys” de la industria audiovisual con la connivencia de los gobiernos de todos los países.

Hay varias maneras de hacer la travesía menos peligrosa. Si uno tiene cuidado, el control que estos entes ejercen sobre las personas se puede reducir casi a cero. Así que el problema es, en parte, subsanable. Pero hay algo que juega en contra de todos nosotros, y somos nosotros mismos. Hablo de aquellos a los que su privacidad y seguridad personal no les importa en absoluto, bien por ignorancia o bien por estulticia.

Muchas empresas en Internet, ofrecen gratis sus servicios a cambio de “nada”. Para alguien poco ducho en la materia, ese “nada” significa literalmente, nada. Pero bajo el análisis escrupuloso de una persona preocupada por estos temas, ese “nada” esconde la pérdida de privacidad y seguridad antes mencionadas. Por ejemplo, permitir que una empresa privada lea tus correos electrónicos, almacene las búsquedas que haces en la red, guarde tus datos personales para venderlos a otras empresas, o simplemente se quede con todas tus fotos personales, es una temeridad. Aun después de explicar el problema y de tener la certeza de que la otra persona lo ha entendido, surge la recurrente justificación: yo no tengo nada que esconder, por tanto, no necesito cuidar de mi privacidad.

Esta aseveración es cuando menos curiosa. Probablemente esa misma persona nunca dejaría que un desconocido le haga fotos mientras está en la ducha, ni quisiera que cualquiera que pase por la calle le dijera a qué comercio debería entrar y a cuál no, y tampoco le gustaría probablemente, que todos sus compañeros de clase o de trabajo supieran que tiene un forúnculo en el culo. Así que sí, los límites existen y a todos les preocupa de una manera u otra su privacidad. Por lo tanto, no es una cuestión de no tener nada que esconder, sino de dónde ponemos el listón.

El listón debería estar mucho más bajo de lo que el usuario corriente suele ponerlo. El rastreo de tus conversaciones privadas alojadas en tu correo electrónico, les da información sobre ciertos hábitos o conductas que podrían derivar en varios problemas. Por ejemplo, que al realizar una búsqueda de información en la Internet, los resultados de esa búsqueda no sean más que una selección parcial de lo que realmente existe. Es decir. La información se ofrece con un sesgo adaptado a tus preferencias, de manera que se ocultarán datos contrarios a tu ideología (por ejemplo) y se expondrán documentos más favorables a tus ideas. También está el peligro de que una empresa privada trafique con nuestros datos y los venda al mejor postor, con el fin de obtener un segmento del mercado más localizado y útil. De esta manera, los grandes monopolios te ofrecerán sus productos en exclusiva en detrimento de otros más pequeños que sin embargo, podrían haber cubierto tus necesidades mucho mejor. Además está la obvia problemática de que cualquiera con mínimos conocimientos en el manejo de sistemas informáticos, acceda a toda tu vida social, conociendo las personas con las que te relacionas, las cervezas que bebes el fin de semana, las fotos de tu última excursión a la playa y tu estado civil.

Pero pese a todo, esos no son los problemas más graves. La privacidad en algunos casos, es una cuestión de vida o muerte. En algunos países, evitar el control gubernamental es vital para no acabar entre rejas o muerto. Exponer sus datos así como así, puede significar en el mejor de los casos la censura, y en el peor, una condena a muerte por traición al gobierno o a la religión que proceda. ¿Y quién nos garantiza que toda esta información que tan alegremente regalamos a las empresas y gobiernos, no se utilizará algún día contra nosotros? No sería la primera vez que un bloguero o periodista termina en la cárcel. Basta la redacción de una nueva ley para convertir a miles de personas en delincuente y terroristas. Por eso la privacidad era importante ayer, lo es hoy, y sin ninguna duda lo será mañana.

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