Archivo de la categoría: Economía

Impuestos a cambio de nada

Desde el comienzo de la crisis económica los impuestos no han dejado de subir. Este hecho es una queja habitual de la ciudadanía, que ve mermada su capacidad de poder adquisitivo al disponer de menos recursos para dedicar al consumo. No voy a entrar en la conveniencia o no de subir impuestos en una etapa de recesión económica, sino en las consecuencias sociales de no aplicar estas subidas con coherencia. En principio cualquier persona estaría a favor de pagar menos al Estado y tener más dinero todos los meses para gastar, sin embargo en la sociedad de bienestar en la que nos encontramos (al menos por ahora) es completamente necesario que existan recursos permanentes para el sector público. Pensiones, sanidad, educación, obras públicas… Los impuestos so necesarios para poder pagar estos servicios, con lo que está claro que su existencia es algo claramente positivo para el conjunto de la sociedad. Sin embargo lo que no entiende el ciudadano medio es que por un lado aumenten la presión fiscal (recayendo además y por lo general en los más débiles) y por el otro se reduzca el gasto social. Es comprensible el enfado de un trabajador que después de que le retengan una cantidad mayor en su nómina y pagar más por la luz, el agua y la gasolina, además deba hacer frente a la subida de las tasas universitarias de su hijo y a la subida del precio de algunos medicamentos de su madre enferma. Nadie se opondría a un aumento de los impuestos si proporcionalmente aumentan los servicios públicos. El problema no es la subida en sí, sino el hecho de aumentar la recaudación pública sin que eso implique una mejora en las condiciones de vida de los ciudadanos. Si el Estado no me va a dar una contraprestación a cambio de mis impuestos, es mejor no cobrar impuestos en absoluto. Al final todo se reduce a un problema de gestión, ya que la mayoría de la población no está dispuesta a renunciar al estado de bienestar que se ha alcanzado en las últimas décadas. Impuestos sí, pero no a cambio de nada.

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La necesaria responsabilidad social corporativa

Las empresas buscan obtener el máximo beneficio de sus inversiones, pero para ello deben cumplir una serie de normas y leyes para que sus acciones no resulten perjudiciales a terceros. Durante años la estrategia empresarial se ha limitado a procurar cumplir con la legislación y centrarse en maximizar el beneficio. Muy pocas empresas, incluso a día de hoy, se preocupan de su impacto en la sociedad y en su entorno más allá de lo que exige la normativa. Sin embargo, otras han empezado a entender que ir más allá de lo que la ley estipula puede resultar muy rentable. Se trata de aplicar medidas de responsabilidad social corporativa, es decir, acciones empresariales destinadas a mejorar el entorno de la empresa (desde empleados a clientes, pasando por vecinos o el Gobierno local) yendo más allá de lo que exige la ley. Mediante este tipo de iniciativas es la propia empresa la que se encarga de que su entorno más cercano no solo no sufra daño, sino que sus condiciones sean mejores día a día. Para realizar esto no hace falta una gran inversión sino cambiar las manera de hacer las cosas. Pagar un salario justo a los trabajadores, no contaminar el entorno, apoyar proyectos de conciliación laboral… Las empresas que van más allá de sus responsabilidades legales y destinan tiempo para mejorar las condiciones de su entorno son las que realmente aportan valor a la economía y a la sociedad en estos momentos. Promover este tipo de comportamientos provocaría una mejora generalizada en las condiciones de todos los ciudadanos, haciendo innecesaria la intervención (en muchos casos) de las autoridades para sancionar o multar comportamientos indebidos. Si las empresas se comportan de manera responsable, muchos problemas sociales como la precariedad laboral o la contaminación del aire y el agua se reducirían considerablemente. El Gobierno debe supervisar y controlar, pero los cambios económicos y sociales reales deben comenzar en la base para conseguir cambios efectivos y permanentes.

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La doble cara del libre comercio

Los europeos estamos acostumbrados a viajar, comerciar y trabajar a lo largo de la UE sin apenas restricciones. Los acuerdos entre los distintos países facilitan el intercambio de trabajadores, turistas y empresas. El éxito que ha supuesto un tratado de libre comercio en el viejo continente está animando cada vez más al resto de países a conseguir acuerdos similares entre sus economías. Prueba de ello es la reciente creación de la Alianza del Pacífico, un bloque formado por Chile, México, Perú y Colombia, que tiene como objetivo mejorar las relaciones comerciales entre los países, incrementar la competitividad y mejorar su poder negociador con respecto a otras economías. Las ventajas de los tratados de libre comercio son obvias: reducción de aranceles, eliminación de las barreras de entrada de los productos, nuevas oportunidades de inversión, reducción de la burocracia… Sin embargo estos acuerdos no siempre resultan positivos para todas las partes. Cuando la diferencia entre dos economías es demasiado grande, puede darse la situación de que el país fuerte consiga que el débil transforme su economía para producir bienes necesarios en el primero, pero no en el segundo. El problema viene cuando el país productor se especializa en exportar a bajo coste, sin que haya una mejora de los salarios de los trabajadores y sin que se consiga aumentar el nivel de vida de sus ciudadanos. Es lo que ocurre en países como Bangladesh, donde la mayor parte de la producción tiene como destino los países desarrollados, cuya economía sigue estancada y su población sigue siendo en su mayoría pobre. Caso distinto es cuando se llega a un acuerdo entre dos economías equivalentes, ya que en ese caso es más probable conseguir sinergias y mejorar tanto la producción de bienes y servicios como el nivel de vida de sus ciudadanos. Dentro de unas décadas los aranceles serán cosa del pasado, pero habrá que ver si este proceso de globalización se ha hecho bien y si ha merecido la pena.

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