Archivo de la categoría: Consumismo

El arma más efectiva del ciudadano: el boicot

Coca-cola, una de las mayores empresas del mundo y probablemente la marca más internacional de todo el planeta, ha decidido que, pese a tener beneficios, le sobran trabajadores en España. Es cierto que una decisión como esta es comprensible desde el punto de vista económico (el empresario preferirá ganar más con menos), pero está el punto de vista del dueño de la empresa, que es legítimo, y el punto de vista del trabajador, que en la mayoría de los casos, también es consumidor. Esta persona podría llegar a la conclusión de que si una multinacional con beneficios va a echarle a la calle junto con sus compañeros, no tiene ninguna razón para seguir consumiendo su producto. Dicho y hecho. Gracias al poder de convocatoria y difusión de internet, son muchas las personas que se han plantado y han decidido dejar de consumir Coca-cola hasta que se vuelva a la situación previa, es decir, que no haya despidos. Esta actitud no solo es legítima por parte de los trabajadores y del resto de consumidores, sino que es la única arma real que tiene el ciudadano de a pie para influir en los resultados de las empresas que no son de su agrado. El consumidor ha de ser responsable y ha de tomar la iniciativa cuando cree que una empresa no se comporta de manera ética. Con esto no afirmo que lo que hace Coca-cola esté mal, sino que la respuesta ciudadana me parece proporcional y correcta, ya que no tiene sentido premiar a las marcas que no solo no nos hacen bien, sino que nos perjudican. El boicot es una manera pacífica y democrática de mostrar disconformidad con empresas e instituciones, ya que es necesario contar con un número suficiente de personas que lo apoyen para tener éxito. Sin embargo no deberíamos esperar a que haya un ERE para dejar de consumir. Comprar con responsabilidad debe ser un acto diario. Los consumidores tienen el deber de informarse de lo que compran para elegir a las empresas que más benefician a la sociedad y castigar a las que menos aportan. Está en nuestras manos.

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Una valoración justa por un mundo más justo

Cuando compramos alimentos o cualquier otro tipo de productos en las tiendas, una de las causas que más afecta a la decisión de compra final es el precio. Para fijarlo entran en juego multitud de factores como la calidad del producto, el coste de procesarlo, el precio de las materias primas o el coste de tu transporte y distribución. Generalmente, cuantos más pasos hay entre el productor y el consumidor final, más costará ese bien. Sin embargo hay algunas excepciones que resultan cuando menos, chocantes.

En una tienda cualquiera de un país cualquiera, un consumidor puede tener que elegir entre dos tipos de manzanas casi idénticas. Unas son de ese mismo estado, cosechadas por agricultores nacionales y enviadas al consumidor final mediante una cadena de distribución relativamente sencilla. Otras vienen de un país al otro lado del océano, y para llegar aquí han tenido que atravesar muchos kilómetros en barco y pasar estrictos controles en la aduana. La lógica de un consumidor sería pensar que ya que el segundo tipo ha tenido que atravesar muchos más pasos intermedios para llegar a su destino final, su precio será, efectivamente, más alto. Pero cuál será su sorpresa cuando se entere de que es justo al contrario. El producto nacional es sensiblemente más caro que el otro. ¿Cómo es posible?

En una economía de libre mercado se presupone que todas las empresas tienen libertad para crear, distribuir y vender sus productos de la manera que ellos crean conveniente, con el fin de que el consumidor elija su producto y no otros. El consumidor final podrá por tanto, elegir el producto que mejor satisfaga su necesidad, y de esta manera, las empresas más eficaces conseguirán prosperar.

Visto de este modo, no habría ninguna pega a este sistema, ya que se premia a las empresas que mejor trabajen en lugar de a las que no son capaces de innovar. Sin embargo esta conclusión resulta precipitada y simplista, ya que la cantidad de factores que influyen en este proceso son enormes. Quisiera centrarme en uno en particular, volviendo al ejemplo de las manzanas. Este producto en ese supermercado podría contar con varias alternativas de cara al consumidor, con precios diferentes. A menudo los países con un salario a los trabajadores más bajo exportan este tipo de bienes a otros con salarios mayores, lo que resulta provechoso para ambos, ya que unos obtienen capital de su venta a las cadenas de distribución y los otros de la venta de un producto más barato y probablemente con más margen al consumidor final. Sin embargo hay algo que falla en este punto.

La empresa nacional y la empresa extranjera no están compitiendo en igualdad de condiciones. Supongamos por ejemplo que los trabajadores del país de ultramar tienen unos salarios extremadamente bajos y se les explota laboralmente. Si el producto (manzanas) es efectivamente más barato por esa razón, esa empresa no está compitiendo justamente con la nacional, lo que supone un agravio intolerable. Sería por tanto responsabilidad del gobierno el gravar ese producto convenientemente (o incluso llegar a prohibirlo) hasta que su importación por parte de los distribuidores sea demasiado cara. De esta manera se desincentivaría la compra de productos fabricados bajo mano de obra semiesclava, en favor de los productores que cumplen las leyes y pagan un sueldo digno a los empleados.

Sin embargo, podría suceder que incluso pagando un sueldo digno, la manzana extranjera siga siendo más cara que la nacional. ¿Habría algún impedimento entonces? ¿Debería tratarse a ambas por igual ante la ley? Es posible que sí, pero los gobiernos a menudo deshechan factores importantes para valorar el producto final que sí deberían tenerse en cuenta. Estamos hablando por ejemplo el factor medioambiental. Transportar manzanas en un barco a través del océano resulta a todas luces ineficiente cuando el país al que se llevan puede producir sus propias manzanas. Generalmente en este viaje solo se tiene en cuenta el coste del combustible del barco y otros gastos económicos derivados de la amortización del buque y los salarios de los marineros, pero no se tiene en cuenta las emisiones nocivas que ese barco está expulsando a la atmósfera, su nivel de ruido en el mar y la contaminación por fluidos como aceite o petróleo. El aire empeora a causa de ello, lo que provoca más casos de enfermedades respiratorias en la población, que produce un gasto elevado en sanidad. Los sonidos de los motores del barco puede afectar el comportamiento de la fauna marina, provocando disturbios en los hábitos de los peces que pueden llegar a tener problemas para reproducirse u orientarse, haciendo que su número cada vez vaya a menos, afectando a la flota pesquera de un país y al propio ecosistema del mar. La contaminación del agua haría enfermar a los peces, haciéndolos no aptos para su consumo y provocando la muerte a otras especies por ingestión de comida envenenada. Si pudiéramos medir más objetivamente todos estos costes y aplicarlos en la tasa de aduanas correspondiente a la hora de importar manzanas, tal vez nos daríamos cuenta de que comprarlas en la plantación que está a 40 kilómetros del supermercado es a todas luces más barato.

Los Gobiernos tiene la responsabilidad de regular los mercados ineficiente, y deberían empezar a considerar todos y cada uno de los factores que afectan a la vida y a la salud de sus ciudadanos. El caso de China, cuya polución en algunas urbes como Pekín supera con muchos los límites de contaminación aceptables para un ser humano, es un ejemplo paradigmático de cómo una medición errónea de los costes de los productos pueden llevar aparejados la ruina y la muerte no solo de su estructura industrial y comercial, sino de las propias personas.

Es hora de empezar a valorar las cosas en su totalidad, y no solo en cómo afecta de manera directa a su pequeño mercado, porque si no somos capaces de ver las cosas de manera global, es imposible que la humanidad pueda dar un paso más hacia el utópico mundo que debería ser pero que nunca alcanzaremos.

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Lealtad a la marca

El fútbol es conocido entre otras cosas, por provocar un nivel de fanatismo y lealtad exagerado en muchas personas, cuyo fervor y admiración es tal, que no dudan en defender los intereses de su equipo a toda costa, ya sea en una discusión de bar o entre colegas. A menudo se dejan de lado todas los argumentos racionales para justificar el apoyo a un equipo determinado y los debates se defienden con el corazón, con la pasión inexplicable que algunos sienten al pertenecer a un grupo determinado de aficionados cuyos intereses son comunes.

Este fenómeno social tan común en el mundo del fútbol, es también muy habitual en otros ámbitos de la vida diaria, como en la compra de determinadas marcas de ropa, dispositivos electrónicos o automóviles.

La lealtad incondicional a una marca o empresa concreta es un error.

Las empresas hacen negocio con sus productos. El objetivo es ganar dinero, y no otro. Esta obviedad no lo es tanto para muchas personas.

Los productos se hacen con unas características determinadas que procuran facilitar la vida al cliente o al consumidor. Todo está pensado para que quedemos contentos, ya sea a través de una imagen moderna, de un buen acabado o de un precio bajo.

Pero en ocasiones, una marca determinada sobrepasa la imagen de producto para convertirse en algo más, en una moda, tendencia o estilo de vida. Es lo que ocurre con marcas como Ferrari, Apple, Coca Cola, Adidas o Nikon. Lo que han conseguido es que el usuario tenga la sensación de que al consumir sus productos está entrando en un club selecto, donde sus miembros se diferencian y se les reconoce precisamente por llevar o usar esos productos.

Pero esto va más allá. Se ha terminado por crear una imagen de marca tan fuerte e influyente que en muchas ocasiones se convierte al consumidor en un “fanboy” dispuesto a todo. A esa persona se la ha convencido por medio del marketing y la publicidad de que tiene una responsabilidad al usar ese producto, y que de alguna manera, le debe algo a la empresa. Este es el tipo de persona que defenderá y de hecho defiende ese producto o marca como si fuera el accionista mayoritario de la misma. La fidelidad se convierte en un enfermizo comportamiento en el que su marca lo es todo, las demás no sirven y siempre, aun cuando haya datos objetivos y razonables que demuestren lo contrario, es mejor.

Al final, se le da la vuelta a la tortilla, y la empresa, que es la que debería convencernos de que su producto es el mejor y luchar por ganarse nuestra simpatía, simplemente utiliza a esa masa de usuarios para transmitir de una manera mucho más convincente sus ideas. El marketing ya no proviene solo de las compañías, si no de los propios consumidores.

Usaré a Apple como ejemplo. A menudo ciertos usuarios de Apple tienden a defender a capa y espada su iPhone o iPod. Para ello enumeran sus características, te demuestran su buen funcionamiento y te piden que lo observes para que admires su estilo refinado y sus líneas perfectas. La ironía aquí es que ellos no son propietarios de Apple, ni han inventado ese producto. Simplemente lo han comprado.

Sí, esa es la clave. Los consumidores compran los productos. No le deben nada a nadie. Apple no les ha regalado el teléfono ni el ordenador, se lo han vendido por mucho dinero. ¿Por qué esa defensa a ultranza de la marca? ¿Qué ha hecho esa empresa por nosotros más que sacarnos el dinero?

No se trata repeler todo atisbo de corporativismo, si no de pensar el porqué hacemos lo que hacemos. Esas empresas nos venden sus productos. Somos nosotros lo que trabajamos para ganar el dinero que ellas se acaban llevando. ¿Y al final les vas a hacer publicidad gratis? No seas necio.

Además hay otro problema derivado del mismo comportamiento. Esa fidelidad provoca que perdamos la capacidad para elegir un producto u otro en función de factores medibles y objetivos, guiándonos únicamente por la idea preconcebida de que “mi marca” es la mejor y siempre lo será. Esto hace que perdamos mucho tiempo y dinero pagando “marca” en vez de calidad o funcionalidad.

Si permaneces fiel a un determinado servicio o producto. Procura que sea por razones que te den una utilidad real, como un buen servicio postventa por ejemplo. Si tus razones son del tipo emocional, derivadas de toda la parafernalia de marketing y lavado de cerebro tan habitual estos días, entonces mi consejo es: no lo compres.

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