Archivos Mensuales: octubre 2013

¿Por qué iba a importarme que me espíen? No tengo nada que esconder

Hace un lustro eran imaginaciones de cuatro ‘geeks’ obsesionados por la privacidad. Hoy sabemos que en esta trama están involucrados los Gobiernos, la agencias de inteligencia y multitud de empresas privadas. Sin embargo el ciudadano medio sigue sin alarmarse por el espionaje masivo que se está haciendo, porque al fin y al cabo “no tengo nada que esconder”.

Millones de personas usan a diario herramientas que no solo monitorizan y registran su actividad, sino que toda la información que recopilan, se mueve con inusitada rapidez e impunidad entre Gobiernos y empresas. Tuvo que llegar Edward Snowden (uno de los héroes de la Red del siglo XXI) para decirnos que sí, que nos están espiando y que poco podemos hacer por evitarlo. Después, la NSA (la Agencia de Seguridad Nacional de EEUU) admitió que se ha estado controlando llamadas telefónicas de algunos jefes de Estado europeos. ‘The Big One’, como lo definió Michael Moore en su célebre película del mismo nombre, ha decidido que ya que puede espiar al mundo entero, lo va a hacer, y de hecho lo hace. Esto ya no es una cuestión de si se usa Facebook o Google, es una cuestión de libertad. Entonces… ¿por qué debería importarnos nuestra privacidad?

Privacidad significa libertad. Una persona no puede ser libre sin conservar su intimidad en su vida diaria. A media que Internet y las redes sociales se han convertido en herramientas ‘imprescindibles’ en el día a día, los usuarios hemos ido poco a poco renunciando a nuestros ‘secretos’ con el fin de integrarnos en el sistema, en no quedarnos descolgados de esa gran red global donde parece que hay que estar para ser persona. Sin embargo, la gratuidad y facilidad de acceso de la mayoría de estos servicios tiene, paradójicamente, un precio muy alto. Ya no importa quién sea el propietario de nuestra información personal, dónde se almacene o cómo se gestione, el objetivo es pertenecer al sistema, poder comunicarse con los demás, y quedarse fuera puede hacerse realmente duro.

En multitud de ocasiones he escuchado la famosa frase de: “no tengo nada que esconder, no me importa que me espíen”. Se ha llegado a un punto en el que cuando una persona dice no usar Facebook o Gmail para proteger su privacidad, se piensa automáticamente en que o bien esa persona está obsesionada por mantener su intimidad a salvo, o que probablemente esconde algo que no quiere que se sepa. No tiene por qué ser ni lo uno ni lo otro. No hay que hacer nada ilegal, ni tener ningún secreto de Estado para exigir a las empresas y Gobiernos que respeten lo que es tuyo, que no te obliguen a contarles y mantenerles informados sobre con quién sales, con quién hablas, lo que te gusta, a dónde vas a ir y qué piensas acerca de un asunto concreto. Pocas personas están dispuestas a mostrar fotos en Internet enseñando su cuerpo desnudo. Creen que es demasiado, es algo que la gente no tiene por qué ver y atenta contra su intimidad. Eso demuestra que en el fondo, a todos nos preocupa nuestra privacidad, aunque sea un poco. Unos ponen el listón muy alto, otros más bajo, pero todos tenemos listón, todos queremos que ciertas cosas queden en el anonimato. El problema está en dónde colocar ese límite, y si una persona ha de tener el derecho de ponerlo donde quiera, o será la empresa quien lo decida, que es lo que está pasando actualmente en la mayoría de los casos.

Al habernos acostumbrado a esta cesión permanente de nuestra privacidad a empresas que ganan dinero a nuestra costa, eventos como la detención de Snowden o el espionaje masivo de la NSA a ciudadanos estadounidenses (y europeos) nos resultan irrelevantes. Mucha gente empieza a ver normal y hasta aceptable que empresas como Facebook, Google, WhatsApp etc. trafiquen con nuestros datos personales sin que haya consecuencias, y no meramente legales, sino consecuencias sociales; protestas y abandono de estos servicios por parte de las personas. Nos hemos instalado en una posición en la que la comodidad viene antes que la privacidad.

La mayoría de la gente no se da cuenta de la gravedad de los hechos que llevan aconteciendo durante meses. Estamos dejando que la sinergia Gobierno-Multinacional se apropie legalmente de nuestra vida privada, hasta el punto de que no tienen siquiera que preguntarnos lo que hacemos, porque somos nosotros quienes se lo decimos de manera voluntaria.

Internet es un arma de doble filo, quizá la mayor arma de doble filo de la historia. Es por un lado, la mayor herramienta que ha tenido jamás el ciudadano para expresarse, informarse y participar. La Red lleva libertad a todos los rincones del mundo. Pero por el otro lado hay unas pocas personas que intentan apropiárselo, que intentan controlarlo. Los Gobiernos y sus leyes ‘antipiratería’, la NSA y sus escuchas masivas, Facebook, Google, Apple, WhatsApp y sus ‘cláusulas de privacidad’. La tecnología es lo que mueve la sociedad actual, pero si dejamos que unos pocos se la apropien sin ni siquiera patalear, entonces aquella utópica sociedad del bienestar y libertad que anhelábamos nunca será realidad. No es una cuestión de si tienes algo que esconder o no, sino de que poco a poco nos están quitando nuestra libertad, y el día que la perdamos, quizá sea demasiado tarde para recuperarla. El principal enemigo no son las empresas ni nuestros Gobiernos, sino nosotros, que por nuestra inacción, dejamos que el 1% controle al 99%.

Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas,
guardé silencio,
porque yo no era comunista,

Cuando encarcelaron a los socialdemócratas,
guardé silencio,
porque yo no era socialdemócrata,

Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,
no protesté,
porque yo no era sindicalista,

Cuando vinieron a llevarse a los judíos,
no protesté,
porque yo no era judío,

Cuando vinieron a buscarme,
no había nadie más que pudiera protestar.

Martin Niemöller

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