Archivos Mensuales: febrero 2013

Una valoración justa por un mundo más justo

Cuando compramos alimentos o cualquier otro tipo de productos en las tiendas, una de las causas que más afecta a la decisión de compra final es el precio. Para fijarlo entran en juego multitud de factores como la calidad del producto, el coste de procesarlo, el precio de las materias primas o el coste de tu transporte y distribución. Generalmente, cuantos más pasos hay entre el productor y el consumidor final, más costará ese bien. Sin embargo hay algunas excepciones que resultan cuando menos, chocantes.

En una tienda cualquiera de un país cualquiera, un consumidor puede tener que elegir entre dos tipos de manzanas casi idénticas. Unas son de ese mismo estado, cosechadas por agricultores nacionales y enviadas al consumidor final mediante una cadena de distribución relativamente sencilla. Otras vienen de un país al otro lado del océano, y para llegar aquí han tenido que atravesar muchos kilómetros en barco y pasar estrictos controles en la aduana. La lógica de un consumidor sería pensar que ya que el segundo tipo ha tenido que atravesar muchos más pasos intermedios para llegar a su destino final, su precio será, efectivamente, más alto. Pero cuál será su sorpresa cuando se entere de que es justo al contrario. El producto nacional es sensiblemente más caro que el otro. ¿Cómo es posible?

En una economía de libre mercado se presupone que todas las empresas tienen libertad para crear, distribuir y vender sus productos de la manera que ellos crean conveniente, con el fin de que el consumidor elija su producto y no otros. El consumidor final podrá por tanto, elegir el producto que mejor satisfaga su necesidad, y de esta manera, las empresas más eficaces conseguirán prosperar.

Visto de este modo, no habría ninguna pega a este sistema, ya que se premia a las empresas que mejor trabajen en lugar de a las que no son capaces de innovar. Sin embargo esta conclusión resulta precipitada y simplista, ya que la cantidad de factores que influyen en este proceso son enormes. Quisiera centrarme en uno en particular, volviendo al ejemplo de las manzanas. Este producto en ese supermercado podría contar con varias alternativas de cara al consumidor, con precios diferentes. A menudo los países con un salario a los trabajadores más bajo exportan este tipo de bienes a otros con salarios mayores, lo que resulta provechoso para ambos, ya que unos obtienen capital de su venta a las cadenas de distribución y los otros de la venta de un producto más barato y probablemente con más margen al consumidor final. Sin embargo hay algo que falla en este punto.

La empresa nacional y la empresa extranjera no están compitiendo en igualdad de condiciones. Supongamos por ejemplo que los trabajadores del país de ultramar tienen unos salarios extremadamente bajos y se les explota laboralmente. Si el producto (manzanas) es efectivamente más barato por esa razón, esa empresa no está compitiendo justamente con la nacional, lo que supone un agravio intolerable. Sería por tanto responsabilidad del gobierno el gravar ese producto convenientemente (o incluso llegar a prohibirlo) hasta que su importación por parte de los distribuidores sea demasiado cara. De esta manera se desincentivaría la compra de productos fabricados bajo mano de obra semiesclava, en favor de los productores que cumplen las leyes y pagan un sueldo digno a los empleados.

Sin embargo, podría suceder que incluso pagando un sueldo digno, la manzana extranjera siga siendo más cara que la nacional. ¿Habría algún impedimento entonces? ¿Debería tratarse a ambas por igual ante la ley? Es posible que sí, pero los gobiernos a menudo deshechan factores importantes para valorar el producto final que sí deberían tenerse en cuenta. Estamos hablando por ejemplo el factor medioambiental. Transportar manzanas en un barco a través del océano resulta a todas luces ineficiente cuando el país al que se llevan puede producir sus propias manzanas. Generalmente en este viaje solo se tiene en cuenta el coste del combustible del barco y otros gastos económicos derivados de la amortización del buque y los salarios de los marineros, pero no se tiene en cuenta las emisiones nocivas que ese barco está expulsando a la atmósfera, su nivel de ruido en el mar y la contaminación por fluidos como aceite o petróleo. El aire empeora a causa de ello, lo que provoca más casos de enfermedades respiratorias en la población, que produce un gasto elevado en sanidad. Los sonidos de los motores del barco puede afectar el comportamiento de la fauna marina, provocando disturbios en los hábitos de los peces que pueden llegar a tener problemas para reproducirse u orientarse, haciendo que su número cada vez vaya a menos, afectando a la flota pesquera de un país y al propio ecosistema del mar. La contaminación del agua haría enfermar a los peces, haciéndolos no aptos para su consumo y provocando la muerte a otras especies por ingestión de comida envenenada. Si pudiéramos medir más objetivamente todos estos costes y aplicarlos en la tasa de aduanas correspondiente a la hora de importar manzanas, tal vez nos daríamos cuenta de que comprarlas en la plantación que está a 40 kilómetros del supermercado es a todas luces más barato.

Los Gobiernos tiene la responsabilidad de regular los mercados ineficiente, y deberían empezar a considerar todos y cada uno de los factores que afectan a la vida y a la salud de sus ciudadanos. El caso de China, cuya polución en algunas urbes como Pekín supera con muchos los límites de contaminación aceptables para un ser humano, es un ejemplo paradigmático de cómo una medición errónea de los costes de los productos pueden llevar aparejados la ruina y la muerte no solo de su estructura industrial y comercial, sino de las propias personas.

Es hora de empezar a valorar las cosas en su totalidad, y no solo en cómo afecta de manera directa a su pequeño mercado, porque si no somos capaces de ver las cosas de manera global, es imposible que la humanidad pueda dar un paso más hacia el utópico mundo que debería ser pero que nunca alcanzaremos.

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El Papa no es bueno

Podría pensarse que el máximo exponente de una organización que se jacta de predicar el amor y la bondad como la Iglesia Católica, debería ser el paradigma de la tolerancia, pero no es así. Benedicto XVI no solo no es la mejor persona posible, sino que de hecho, ni siquiera es buena persona. El Papa no es bueno.

Como cabeza visible de la Iglesia, Joseph Ratzinger representa la ideología, el dogma y la doctrina del catolicismo. Su palabra es a menudo tratada como dogma por sus seguidores, que ven en él un ejemplo a seguir. Muchos han calificado a Benedicto XVI como un Papa moderno. Puede que sea por haber sido el primer Papa en usar las redes sociales para predicar su palabra, o tal vez por su moderno papamóvil de Mercedes. Pero todo atisbo de modernidad en este Papa ha sido una mera fachada. Sus doctrinas y enseñanzas permanecen inexorablemente inalterables para desgracia de los cristianos y el resto de la humanidad. Cuesta creer que alguien en el siglo XXI, después de las calamidades que muchos países del Tercer (y primer) Mundo han pasado a causa del SIDA, piense que el problema de la propagación de esta enfermedad es un tema estrictamente “moral” y “ético” como él lo definió, asegurando además y por increíble que parezca, que “los preservativos no solo no sirven para luchar contra el problema del SIDA, sino que además, lo agrava”. Tal acto de irresponsabilidad y mala fe denota su verdadera cara, la cara de una persona cuyos anticuados dogmas están por encima de la salud de millones de personas. Como bien sabe Ratzinger, sus palabras van a misa para sus seguidores, con lo que es más que probable que gracias a su santísima sabiduría, muchas personas se han contagiado de esta terrible enfermedad.

Justificar un acto religioso en contra de toda evidencia lógica y científica es un acto despreciable, como también lo es su postura ante los matrimonios homosexuales, de las que llegó a decir que “dañan la dignidad del ser humano”. Ratzinger justifica su razonamiento mentando constantemente a Dios y la “naturaleza del ser humano”, afirmando que lo ‘natural’ es lo que Dios preestablece. Esta aparentemente inocente afirmación, supone la excusa perfecta para que miles de fanáticos religiosos discriminen sistemáticamente a los gais, negándoles en muchas ocasiones los derechos básicos que sí disfrutan el resto de ciudadanos. La dignidad del ser humano no se daña cuando dos personas que se quieren, deciden contraer matrimonio; la dignidad del ser humano se daña cuando el líder espiritual de la Iglesia Católica no es capaz de tolerar que la gente viva feliz según sus propias decisiones. El Papa llega a anteponer el derecho de libertad religiosa (el cual nunca debería arrebatarse a una persona) con el derecho de cada uno a vivir de la manera que le dicte su conciencia, al margen de Dios y la religión.

Otro caso a parte es el referido a los continuos casos de curas pedófilos en el seno de la Iglesia Católica. Si bien es cierto que el Papa ha pedido perdón por este tipo de casos, no lo es menos que su implicación para evitar que estos casos volvieran a producirse y castigar a los culpables, ha sido más bien poca. El mismo Joseph Ratzinger que más tarde fuera Papa, se negó en 1996 a sancionar a un religioso estadounidense  acusado de violar a 200 niños sordos. Además ha llegado a decir que “en los años 70 la pedofilia estaba considerada como algo normal” ¿Qué tipo de persona puede llegar a decir que un comportamiento así era normal hace solo cuarenta años y evitar sancionar a uno de estos degenerados cuando tuvo ocasión? El mismo tipo de persona que en su religión iría al Infierno, una mala persona.

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