Archivos Mensuales: enero 2013

¿Y si fuera necesario doparse para competir?

El primer golpe al mundo del ciclismo fue cuando la Agencia Antidopaje de EEUU (USADA) confirmó que Lance Armstrong se había dopado y perdía sus siete Tours de Francia. El segundo golpe vino más tarde, cuando cualquier posibilidad de que Armstrong fuera inocente se desvanecía con su confesión en un programa de televisión. Uno de los mayores campeones de la historia del ciclismo era mentira, y los aficionados a este deporte han sufrido una de sus mayores decepciones. ¿En quién confiar ahora? ¿Cuál de los campeones actuales lo son en realidad? ¿Cuántos de los que vienen por detrás están limpios? El ciclismo está probablemente en su pero época.

En la mayoría de las ocasiones en las que un deportista hace trampas, la culpa y la responsabilidad recaen sobre su persona. Él es libre de decidir cómo competir. Muchos prefieren ser cola de león a cabeza de ratón, aún cuando eso signifique recurrir a métodos ilegales y retorcidos. Pero en el caso del ciclismo, y es algo que viene ocurriendo desde hace décadas, la responsabilidad no debería recaer en su totalidad en los deportistas, sino también en sus equipos y sobre todo, en la organización de las vueltas.

La dureza del ciclismo es extrema. En una gran vuelta como el Tour, el Giro o la Vuelta a España, los ciclistas deben recorren diariamente entre 200 y 250 kilómetros, algo que podría ser más o menos factible, si no fuera porque en ese recorrido es habitual meter llegadas en alto, puertos de primera categoría y contrarrelojes, que obligan a los deportistas a dar el 120% de su capacidad si no quieren quedarse rezagados. Esta dureza es tal, que parece que un ciclista es incapaz de competir por los primeros puestos si no se ayuda de sustancias dopantes. Es un deporte de élite en el que incluso siendo ciclista de élite no es suficiente.

El drama no está en que un puñado de ciclistas (que últimamente parecen ser bastantes más que puñados) se dopen, sino que los que no se dopan no pueden competir. Las organizaciones son cómplices de esta situación, ya que la dureza de las pruebas y los calendarios, están ‘obligando’ a los ciclistas a hacer trampa no ya para ganar, sino para poder mantener el ritmo endiablado de una de estas pruebas. Lo lógico, visto cómo está el panorama, sería reducir la dureza de las etapas (metiendo por ejemplo menos puertos de montaña, reduciendo la duración de cada prueba o incluso acortando la vuelta).

Está claro que la culpa del dopaje la tienen los que se dopan, pero la responsabilidad por esta situación también es de los organizadores, que no han conseguido mantener el ciclismo limpio.

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Manifestaciones y huelgas: el arma del pueblo

Cuando en unas elecciones democráticas el pueblo elige a sus gobernantes, se hace con el convencimiento (a priori) de que esos gobernantes gestionen el país acorde con los deseos de la gente. Sin embargo en ocasiones, los políticos deben tomar decisiones impopulares (necesarias o no) que chocan con la ideología de una amplia mayoría de sus ciudadanos. Un gobierno democráticamente elegido está legitimado para aplicar las políticas que consideren oportunas (a menos que vayan en contra de la Constitución o del interés general del pueblo de manera flagrante). En esos casos, la respuesta de la gente para evitar la merma de derechos o el abuso del poder, suele ser la convocatoria de manifestaciones y huelgas.

Este derecho fundamental, que ha conseguido cambios políticos muy importantes en todo el siglo XX, es un arma de doble filo. Si se usa con cuidado e inteligencia, puede servir para hacer rectificar a los gobernantes, mostrándoles que los ciudadanos de un determinado país están en contra de una determinada decisión y que no están dispuestos a aceptarla, por mucho que hayan sido elegidos democráticamente. Pero su mayor arma para defender sus derechos puede ser a la vez un elemento carente de valor. La clave está en saber cuándo y con qué frecuencia usar esta arma.

El poder de influencia de una huelga o manifestación no radica tanto en el número de personas que participen en ella, sino en la frecuencia con que se convocan. Una manifestación cada siete días no será tan impactante como una cada año. Si se abusa de su utilización, la fuerza del tedio hará que acabemos ignorándola, y por tanto su efectividad se reducirá.

De hecho, utilizar demasiado a menudo el derecho de huelga en sectores como el transporte público, puede producir un efecto todavía más devastador que ser ignorados por el empresario o administración, ser ignorados por la ciudadanía y perder el favor popular. En ese instante, las posibilidades de conseguir los cambios deseados se desvanecerá.

Las huelgas y manifestaciones son por tanto, un arma de doble filo, ya que bien utilizadas pueden ser una herramienta esencial para defender derechos o ideas, pero mal usada no será más útil que golpear el tronco de un árbol con un hacha de goma.

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Políticos: los dioses del siglo XXI

En las sociedades democráticas es cada vez más habitual observar a grupos de personas, en ocasiones miles o millones, alabando, vitoreando y justificando todas y cada una de las decisiones de su amado líder político. Esta actitud, más propia de los fieles de una iglesia o de los forofos de un equipo de fútbol, se ha convertido en un comportamiento normal y aceptado, como si la fe fanática a una idea o persona fuera la salvación del mundo.

Un político efectivamente puede cambiar las cosas a mejor, pero sigue siendo una persona, con sus virtudes y defectos. Los errores que pueda cometer durante su mandato no son más justificables por el hecho de servir a una ideología concreta o buscar un bien mayor. La falta de crítica de los ciudadanos ante sus líderes políticos se debe a la manipulación mediática que los partidos ejercen sobre la población, utilizando a menudo medios de comunicación sin que estos reparen siquiera en el daño que están haciendo a la sociedad con sus posiciones parciales y subjetivas. Sin embargo sigue siendo responsabilidad del individuo el saber discernir entre información y opinión, y por tanto poder diferenciar entre una decisión correcta (desde su punto de vista) a una incorrecta.

La mayoría de partidos han establecido una serie de jerarquías y dogmas que los hacen más parecidos a una religión monoteísta que a una asociación vecinal. Se designa un líder que representará al partido (Dios) al cual hay que defender y alabar sin importar si se ha equivocado o no, con el fin de conseguir los objetivos marcados. Sus afiliados (feligreses) no dudan en dar su voto a ese partido una y otra vez con independencia de su eficiencia y competencia, ya que creen que así sus deseos personales y su modo de vida mejorará, aunque en muchas ocasiones sea al revés. El partido parte de una ideología establecida (dogmas de fe) que suele ser extremadamente rígida y poco susceptible a modificaciones. De esta manera es poco probable que un partido de derechas apoye a los sindicatos de trabajadores o que un partido de izquierdas defienda abiertamente la privatización de servicios públicos, aunque en la práctica, tanto unos como otros se diferencian muy poco(al menos en las democracias occidentales desarrolladas) a la hora de tomar decisiones importantes.

Así pues, al cabo de un tiempo, esos líderes políticos llegan a un punto de endiosamiento tal, que sus devotos más radicales los seguirían hasta el fin del mundo antes que admitir que se han equivocado. Este fanatismo tiene buenos ejemplos en países como EEUU, donde la polarización de los votantes raya el fanatismo, en Venezuela, con Hugo Chávez, o en Argentina, con Cristina Fernández. Este fenómeno (líder casi místico y rebaño fiel) también se da en casi todos los países de Europa, y en algunos está en auge con el ascenso de partidos de extrema derecha, donde la imposición de ideas y la masa pensante única son paradigmáticas.

Los políticos deberían ser meras herramientas para cumplir la voluntad del pueblo. Sus líderes no deberían tener más protagonismo que el que tiene un mero portavoz de una asociación. No debiera ser él quien decide los designios de un país, sino los representantes del pueblo, previamente elegidos en votación popular. Mitificar a un individuo por el mero hecho de cumplir la voluntad de la sociedad es un comportamiento dañino que merma nuestra capacidad crítica y de toma de decisiones. Una persona nunca será más importante que el conjunto de la sociedad, y somos nosotros, los ciudadanos, los que debemos dejar a un lado los forofismos y decidir con la cabeza fría lo que, en nuestra opinión, será mejor para todos.

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