Archivos Mensuales: febrero 2012

Mi camino hacia el ateismo

Las personas nacemos ateas. Las creencias no surgen espontáneamente en la mente de los niños. Nadie les habla desde los cielos. Nadie les pone a prueba para que tengan fe. Son otras personas las que introducen a los niños en el complejo mundo de los mitos y las fantasías. Creer en un dios o en varios es algo humano, surgido de la humanidad y modificado para acomodarse a ella. Yo, como mucho otros, creí que había un Dios.

Un cambio tan drástico como pasar de una profunda fe a un ateísmo activo no es algo que se consiga de un día para otro. De hecho es algo que generalmente lleva años. En mi caso fue un proceso gradual que coincidió, casualmente, con mi etapa de desarrollo físico e intelectual. Al principio, tu fe encuentra lagunas o contradicciones que sin embargo, no presentan un impedimento para los rezos y la participación en actos religiosos. Te explican la teoría de la evolución en clase de Ciencias Naturales a la vez que en Religión te explican como Dios creó a Adán y Eva. Pero las mentes infantiles suelen encontrar soluciones a las más intrincadas cuestiones. Mi gran teoría, pensada y razonada en los últimos cursos de primaria, era la de que el hombre evolucionó de un ancestro común con los primates, y que esa evolución dio lugar a Adán y Eva. Así arreglaba yo las incongruencias.

Sin embargo, una vez que te empiezas a preguntar cosas, ya no paras. No entendía por qué un Dios bueno y misericordioso permitía la miseria y la pobreza en el mundo. Al igual que no entendía que los Reyes Magos trajeran regalos a niños ricos que se portaban mal y no a chicos pobres con buen corazón. Así que poco a poco, esas preguntas empezaron a necesitar respuesta, una respuesta que no lograba encontrar en la Biblia. Entonces empecé a pensar por mi mismo esas respuestas. Mis primeras conclusiones es que el cristianismo como religión carecía de bases e incluso de sentido para explicar las relaciones de la humanidad con Dios. Dejé entonces de ver a la Iglesia como un ente capacitado para darme lecciones de moral o de cualquier otro tipo. Si esas lecciones eran extraídas de un libro escrito hace miles de años y con contradicciones tan absurdas que hasta un niño podría darse cuenta de ello, entonces no me servía. Pero ni siquiera en ese momento abandoné la idea de Dios.

Creo en Dios pero no en la Iglesia se convirtió en mi lema. Estaba a gusto imaginando a mi propia divinidad. Sin fallos, sin fisuras, sin irracionalidades. Dios era para mi un concepto abstracto que me ayudaba en el día a día y me daba fuerzas. Pero eso también terminó. Comprendí que las energías que gastaba en pedirle ayuda a un ente sobrenatural, y el tiempo que no utilizaba en buscar respuestas, no me servían para avanzar. Pasé de ser un creyente convencido a algo que ahora considero simplemente una posición cómoda de alguien que no quiere llegar al fondo de la situación, el agnosticismo. Pero duró poco.

Al intentar justificar mi posición de agnóstico, caí en la cuenta de que mis posturas sobre ciertos dogmas cristianos eran radicalmente opuestas. No conseguía encontrar un nexo que me vinculara a mi pasado religioso, ni tan siquiera a algo que me hiciera mantener mis dudas sobre la existencia de Dios. Ya era ateo, aunque en ese momento no lo sabía. Fue mi creciente interés por ciertos ámbitos de la ciencia y la filosofía lo que me permitió dar el paso final, y reconocerme a mi mismo como un no creyente. Aún recuerdo el día que me dije a mi mismo que era ateo. Lo recuerdo porque en mi mente surgió un chispazo, como si en un día nublado se apartaran todas las nubes y los rayos del sol penetraran en tus ojos por primera vez en la vida. Mi mente se abrió de golpe. Aún noto aquella sensación. Si existe un Dios, no entiendo porqué me dejó tener esa experiencia que algunos calificarían de mística. La liberación total de mi mente.

A día de hoy sigo teniendo las mismas inquietudes que ese día. Todavía en la actualidad leo y escucho argumentos a favor y en contra, como queriendo refrendar mi posición, algo que ocurre con frecuencia. Y es precisamente esa inquietud, curiosidad o simplemente, ganas de entender el mundo lo que me gustaría para los demás. La fe es una enfermedad de la mente. La contrae, la oscurece y la anula. Las capacidades de raciocinio se reducen en muchos ámbitos, aceptando respuestas o explicaciones absurdas por el simple hecho de confiar. Ese no es el futuro que le deseo a la humanidad. Mi idea de un mundo ideal es aquel en que una posición lógica, basada en los hechos y no en los mitos, sea la que lidere el mundo. Un mundo de ciudadanos libres, que piensen por si mismos y que no se vean atados por dogmas ancestrales ni tradiciones neandertales. Si alguien por un momento tiene un atisbo de duda, esa persona acaba de abrir una parte de su mente a la racionalidad de la humanidad. Espero que lo aproveche y sepa llegar a buen puerto, por su bien, y el de todos.

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