La delgada línea entre religión y secta

La existencia de la religión es casi tan antigua como el hombre. Durante miles de años los humanos han adorado a rocas, altares, árboles, montañas, ídolos y estrellas. El número de religiones diferentes a lo largo de la historia es enorme, y durante tantos miles de años ha habido tiempo de sobra para que surjan disidencias y nuevos puntos de vista de las religiones mayoritarias, estos nuevos (o no tan nuevos) cultos son las sectas.

Hablar de una secta en el siglo XIX no es lo mismo que en el siglo XXI. Una de las acepciones de la palabra secta es la de doctrina religiosa o ideológica que se diferencia e independiza de otra, lo que haría de cualquier nueva iglesia surgida de una religión mayoritaria una secta por definición. Sin embargo el tiempo ha hecho que este término adquiera connotaciones negativas, ya que actualmente se piensa en las sectas como organizaciones creadas con el fin de manipular a la gente y sumar fieles que ayuden a conseguir sus objetivos, ya sean puramente religiosos o también, en parte, económicos. Si nos ceñimos a la definición antes mencionada, una secta podría ser perfectamente el protestantismo, escisión de la Iglesia católica. Sin embargo considerar al segundo mayor grupo del cristianismo como una secta sorprendería a cualquiera. Por otro lado, el judaísmo es considerado una religión, por historia y tradición, pese a que el número de creyentes judíos del mundo apenas llegue a 15 millones de personas.

Clasificar a una determinada creencia dentro del grupo de religión o de secta es más complicado de lo que puede parecer a primera vista. Si el número de seguidores establece una clara diferenciación ¿cuál sería el criterio para valorar si un culto es una secta o una religión?.

Actualmente el término secta es claramente negativo, pero se sigue utilizando para definir los pequeños grupos religiosos que no siguen la ortodoxia de las grandes religiones, a menudo con rituales o tradiciones extrañas o que pueden parecer peligrosas ante la opinión pública. La manipulación y el lavado de cerebro a los que se somete en muchas ocasiones a los practicantes de estas sectas, son también características actuales de estos grupos. Sin embargo creo que no sería justo reservar el término peyorativo de secta solo para pequeños grupos, sino que debería utilizarse para criticar o atacar a las tradiciones y dogmas más reaccionarios, incluso cuando estén dentro de las religiones mayoritarias.

Así pues, cualquiera de las nuevas iglesias protestantes que hay en EEUU (mormones, metodistas, evangélicos…) podrían y deberían calificarse como sectas en el sentido negativo de la palabra, ya que siguen comportamientos dañinos para sus miembros (manipulación de sus sentimientos y coacción de la libertad) junto con ideas alejadas de la paz social a la que todo pueblo aspira (el ataque y acoso a los homosexuales). Esto mismo se podría aplicar a los chiíes, que en la religión islámica, están considerados herejes por la rama mayoritaria, los sunníes. Sin embargo sorprendería conocer que países como Irán o Iraq están formados casi íntegramente por chiíes, o como decimos, integrantes de una secta.

Es por eso que con el paso de los años, es cada vez más difícil diferenciar entre religión y secta, entre lo que es susceptible de ser respetado por las leyes y la sociedad y lo que no. Sin embargo hay que tener claro que la diferencia entre ambas es casi exclusivamente un asunto de terminología, porque en el fondo no hay diferencias entre los comportamientos de seguidores de religiones o sectas. Casi todos siguen dogmas y tradiciones que pueden ser muy dañinas (y de hecho lo son) para la sociedad, con lo que calificarlas de uno u otro modo no tiene mayor sentido que el de poner a unas por encima de otras, tanto intelectual como moralmente. Esto es un error, porque ni el número de seguidores ni el reconocimiento de un país entero puede justificar que una creencia es más lógica o beneficiosa que otra, eso es un asunto exclusivo de la razón, algo que desgraciadamente no abunda dentro de las iglesias, mezquitas, templos y sinagogas. No se debe tratar a una creencia en base a su categoría social (religión o secta) sino a lo perjudiciales que sean sus ritos para la sociedad. Así pues, un pequeño grupo de creyentes que se dedican a plantar árboles para honrar a Gaia y no practican el proselitismo con los niños, debería tener mayor consideración que el cristianismo o el islam, que buscan convertir y adaptar las sociedades a sus anticuados dogmas.

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Una valoración justa por un mundo más justo

Cuando compramos alimentos o cualquier otro tipo de productos en las tiendas, una de las causas que más afecta a la decisión de compra final es el precio. Para fijarlo entran en juego multitud de factores como la calidad del producto, el coste de procesarlo, el precio de las materias primas o el coste de tu transporte y distribución. Generalmente, cuantos más pasos hay entre el productor y el consumidor final, más costará ese bien. Sin embargo hay algunas excepciones que resultan cuando menos, chocantes.

En una tienda cualquiera de un país cualquiera, un consumidor puede tener que elegir entre dos tipos de manzanas casi idénticas. Unas son de ese mismo estado, cosechadas por agricultores nacionales y enviadas al consumidor final mediante una cadena de distribución relativamente sencilla. Otras vienen de un país al otro lado del océano, y para llegar aquí han tenido que atravesar muchos kilómetros en barco y pasar estrictos controles en la aduana. La lógica de un consumidor sería pensar que ya que el segundo tipo ha tenido que atravesar muchos más pasos intermedios para llegar a su destino final, su precio será, efectivamente, más alto. Pero cuál será su sorpresa cuando se entere de que es justo al contrario. El producto nacional es sensiblemente más caro que el otro. ¿Cómo es posible?

En una economía de libre mercado se presupone que todas las empresas tienen libertad para crear, distribuir y vender sus productos de la manera que ellos crean conveniente, con el fin de que el consumidor elija su producto y no otros. El consumidor final podrá por tanto, elegir el producto que mejor satisfaga su necesidad, y de esta manera, las empresas más eficaces conseguirán prosperar.

Visto de este modo, no habría ninguna pega a este sistema, ya que se premia a las empresas que mejor trabajen en lugar de a las que no son capaces de innovar. Sin embargo esta conclusión resulta precipitada y simplista, ya que la cantidad de factores que influyen en este proceso son enormes. Quisiera centrarme en uno en particular, volviendo al ejemplo de las manzanas. Este producto en ese supermercado podría contar con varias alternativas de cara al consumidor, con precios diferentes. A menudo los países con un salario a los trabajadores más bajo exportan este tipo de bienes a otros con salarios mayores, lo que resulta provechoso para ambos, ya que unos obtienen capital de su venta a las cadenas de distribución y los otros de la venta de un producto más barato y probablemente con más margen al consumidor final. Sin embargo hay algo que falla en este punto.

La empresa nacional y la empresa extranjera no están compitiendo en igualdad de condiciones. Supongamos por ejemplo que los trabajadores del país de ultramar tienen unos salarios extremadamente bajos y se les explota laboralmente. Si el producto (manzanas) es efectivamente más barato por esa razón, esa empresa no está compitiendo justamente con la nacional, lo que supone un agravio intolerable. Sería por tanto responsabilidad del gobierno el gravar ese producto convenientemente (o incluso llegar a prohibirlo) hasta que su importación por parte de los distribuidores sea demasiado cara. De esta manera se desincentivaría la compra de productos fabricados bajo mano de obra semiesclava, en favor de los productores que cumplen las leyes y pagan un sueldo digno a los empleados.

Sin embargo, podría suceder que incluso pagando un sueldo digno, la manzana extranjera siga siendo más cara que la nacional. ¿Habría algún impedimento entonces? ¿Debería tratarse a ambas por igual ante la ley? Es posible que sí, pero los gobiernos a menudo deshechan factores importantes para valorar el producto final que sí deberían tenerse en cuenta. Estamos hablando por ejemplo el factor medioambiental. Transportar manzanas en un barco a través del océano resulta a todas luces ineficiente cuando el país al que se llevan puede producir sus propias manzanas. Generalmente en este viaje solo se tiene en cuenta el coste del combustible del barco y otros gastos económicos derivados de la amortización del buque y los salarios de los marineros, pero no se tiene en cuenta las emisiones nocivas que ese barco está expulsando a la atmósfera, su nivel de ruido en el mar y la contaminación por fluidos como aceite o petróleo. El aire empeora a causa de ello, lo que provoca más casos de enfermedades respiratorias en la población, que produce un gasto elevado en sanidad. Los sonidos de los motores del barco puede afectar el comportamiento de la fauna marina, provocando disturbios en los hábitos de los peces que pueden llegar a tener problemas para reproducirse u orientarse, haciendo que su número cada vez vaya a menos, afectando a la flota pesquera de un país y al propio ecosistema del mar. La contaminación del agua haría enfermar a los peces, haciéndolos no aptos para su consumo y provocando la muerte a otras especies por ingestión de comida envenenada. Si pudiéramos medir más objetivamente todos estos costes y aplicarlos en la tasa de aduanas correspondiente a la hora de importar manzanas, tal vez nos daríamos cuenta de que comprarlas en la plantación que está a 40 kilómetros del supermercado es a todas luces más barato.

Los Gobiernos tiene la responsabilidad de regular los mercados ineficiente, y deberían empezar a considerar todos y cada uno de los factores que afectan a la vida y a la salud de sus ciudadanos. El caso de China, cuya polución en algunas urbes como Pekín supera con muchos los límites de contaminación aceptables para un ser humano, es un ejemplo paradigmático de cómo una medición errónea de los costes de los productos pueden llevar aparejados la ruina y la muerte no solo de su estructura industrial y comercial, sino de las propias personas.

Es hora de empezar a valorar las cosas en su totalidad, y no solo en cómo afecta de manera directa a su pequeño mercado, porque si no somos capaces de ver las cosas de manera global, es imposible que la humanidad pueda dar un paso más hacia el utópico mundo que debería ser pero que nunca alcanzaremos.

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El Papa no es bueno

Podría pensarse que el máximo exponente de una organización que se jacta de predicar el amor y la bondad como la Iglesia Católica, debería ser el paradigma de la tolerancia, pero no es así. Benedicto XVI no solo no es la mejor persona posible, sino que de hecho, ni siquiera es buena persona. El Papa no es bueno.

Como cabeza visible de la Iglesia, Joseph Ratzinger representa la ideología, el dogma y la doctrina del catolicismo. Su palabra es a menudo tratada como dogma por sus seguidores, que ven en él un ejemplo a seguir. Muchos han calificado a Benedicto XVI como un Papa moderno. Puede que sea por haber sido el primer Papa en usar las redes sociales para predicar su palabra, o tal vez por su moderno papamóvil de Mercedes. Pero todo atisbo de modernidad en este Papa ha sido una mera fachada. Sus doctrinas y enseñanzas permanecen inexorablemente inalterables para desgracia de los cristianos y el resto de la humanidad. Cuesta creer que alguien en el siglo XXI, después de las calamidades que muchos países del Tercer (y primer) Mundo han pasado a causa del SIDA, piense que el problema de la propagación de esta enfermedad es un tema estrictamente “moral” y “ético” como él lo definió, asegurando además y por increíble que parezca, que “los preservativos no solo no sirven para luchar contra el problema del SIDA, sino que además, lo agrava”. Tal acto de irresponsabilidad y mala fe denota su verdadera cara, la cara de una persona cuyos anticuados dogmas están por encima de la salud de millones de personas. Como bien sabe Ratzinger, sus palabras van a misa para sus seguidores, con lo que es más que probable que gracias a su santísima sabiduría, muchas personas se han contagiado de esta terrible enfermedad.

Justificar un acto religioso en contra de toda evidencia lógica y científica es un acto despreciable, como también lo es su postura ante los matrimonios homosexuales, de las que llegó a decir que “dañan la dignidad del ser humano”. Ratzinger justifica su razonamiento mentando constantemente a Dios y la “naturaleza del ser humano”, afirmando que lo ‘natural’ es lo que Dios preestablece. Esta aparentemente inocente afirmación, supone la excusa perfecta para que miles de fanáticos religiosos discriminen sistemáticamente a los gais, negándoles en muchas ocasiones los derechos básicos que sí disfrutan el resto de ciudadanos. La dignidad del ser humano no se daña cuando dos personas que se quieren, deciden contraer matrimonio; la dignidad del ser humano se daña cuando el líder espiritual de la Iglesia Católica no es capaz de tolerar que la gente viva feliz según sus propias decisiones. El Papa llega a anteponer el derecho de libertad religiosa (el cual nunca debería arrebatarse a una persona) con el derecho de cada uno a vivir de la manera que le dicte su conciencia, al margen de Dios y la religión.

Otro caso a parte es el referido a los continuos casos de curas pedófilos en el seno de la Iglesia Católica. Si bien es cierto que el Papa ha pedido perdón por este tipo de casos, no lo es menos que su implicación para evitar que estos casos volvieran a producirse y castigar a los culpables, ha sido más bien poca. El mismo Joseph Ratzinger que más tarde fuera Papa, se negó en 1996 a sancionar a un religioso estadounidense  acusado de violar a 200 niños sordos. Además ha llegado a decir que “en los años 70 la pedofilia estaba considerada como algo normal” ¿Qué tipo de persona puede llegar a decir que un comportamiento así era normal hace solo cuarenta años y evitar sancionar a uno de estos degenerados cuando tuvo ocasión? El mismo tipo de persona que en su religión iría al Infierno, una mala persona.

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